Crónica de una cita en el Zócalo
Esperar, dilatar la llegada, dilapidar el día, aguardar algo, cualquier cosa. Terminar de leer la novela de vaqueros, enterarse de las declaraciones del candidato a la presidencia, por el enamorado, la estudiante que se afana en persuadir al trashumante de los pavimentos de responderle una encuesta, la mirada depositada en ninguno, pero en aquel lugar, la cámara de video asiendo el ceño fruncido del sol de las cuatro de la tarde o la premura por internarse en cualquier resquicio con dirección a Taxqueña o Cuatro caminos. No importa que ese que está ahí no se enteré de la fachada manierista o barroca, ni de que México cuenta con unas quince mil iglesias y treinta y tres catedrales. Ella o él están sentados en lo que alguna vez fue espacio lacustre, gran Tenochtitlán, ahora base de concreto del asta bandera. En este momento sólo apremian los cuarenta minutos de dilación de Ella con el galán, la confusión del turista , de si el Palacio Nacional es el Departamento del Distrito Federal, o si el Departamento del Distrito Federal es el Palacio Nacional, la intranquilidad de la madre al ver a los niños que suben y bajan corriendo por la rampa en donde los soldados harán parte de la ceremonia para retirar la bandera nacional de su asta; el dilema del empleado bancario mientras mira a los danzantes golpear los tambores y teponaztles, de si el templo mayor fue de los mexicas o de los aztecas, o la generosidad de alguno para alimentar las decenas de palomas que habitan en el Centro Histórico. Sitio de soledad acompañada de risas que confiesan aprobación, a pesar del salario mínimo y de los quince centímetros según se calcula, se hunde cada año la Ciudad de México y sus ocho millones ochocientos treinta y un mil habitantes.
El Zócalo, el asta bandera como lugar de citas, arranque del paseo, punto de referencia, eje cartesiano de la política, como pretexto para: inhumar los minutos y porqué no, las horas; como lugar de transmisión vía satélite de las cámaras de Televisa del desfile del primero de mayo; como el argumento fehaciente atrapado en la fotografía vacacional que demostrará la asistencia al centro de la República Mexicana.
Una forma de estar ahí por no estar allá, y de ahí al encuentro o el desencuentro familiar o amoroso. Inequívoco, inconfundible , quizás el día, la hora, no el sitio, –nos vemos en el asta bandera–, no puede haber desatino, no hay otra igual, no tiene sucursales, y ya sea sentado o de pie, ahí uno espera a alguien, espera a irse o se desepera.
Gabriel Feregrino
Publicado en la Revista El Mensajero Azul, Portavoz para el Centro de la Ciudad de México, año III, número 12, abril/mayo 1994.