Al ratito
A Raúl Feregrino Rincón, el Viejo
El viejo se empina el aguardiente con sus manos llenas de bolas, llenas de surcos, traga y mira hacia el cerro, un cerro pelón con una cruz clavada en la joroba. Es el Calvario, pero el viejo no dice, viejo miserable de palabras, sólo se encoge de hombros y mira su dedo encogido, agachado, se arranca un pellejo, calla, escupe, trata de aplastar las moscas con un cartón roto prendido a una vara, frunce el ceño y se amolda a la silla herrumbrosa.
-Es tarde.
El viejo se restriega la mísera barba, entrecierra los ojos y mira allá. Se queda quieto un rato, dos ratos, dice que sí con la cabeza: las procesiones de Semana Santa estaba rebonito. Te desmayabas en la iglesia con ese olor apretado de cirios. Te gustaba estar hasta atrás, recargado en la pared pasándole la uña a los huequitos de la madera, nadie podía salir, sentías que la cabeza te revoloteaba. El Viejo asiente, sonríe: pobladito de mezquites y ahora sólo biznagas y garambullos, así lo bautizaron.
Se acerca una niña, pone un queso sobre la mesa y parte un pedazo, queso amarillento, oreado, con las orillas raspadas como las de los talones.
–¿Es de Bernal?
El Viejo dormita, dos dedos sostienen el aguardiente, dos patas se frotan, se enjuagan, bruscamente el Viejo busca el cartón, la mosca se revuelca, hace los ruiditos de las alas peleando contra el alcohol; el Viejo la saca con el dedo y se limpia en la camisa.
–Arreglaron la iglesia ¿no? Bonita.
Intentas hacer una seña con la mano, pero no te sale, vas a decir algo pero no lo dices: noo si la iglesia estaba redura, cuando se escuchaban sonar las campanas a las once del día, había que hincarse onde estuvieras, ahí en pleno gallinero o en el camino de piedras. Sí, hubo un fuisilamiento, o casi, los chamuscados fue otra cosa, todos se estiraban un brazo y luego el otro. Ya estaban bien muertos, lo peor fue las humaredas que echaron. Sabrosito el queso. Y así se está, el Viejo se mete el dedo a la boca, se hurga, se lo pasea de río en río.
–Rico el queso ¿no?
Te quedas tieso, miras los granitos de sal que se pegan a los lunares de tus manos encogidas , juntas un montoncito, qué era lo de ahorita, lo que pensabas
Sí, fue atrasito del Calvario, ahí debión estar Don Pancho mordiéndose el miedo, y no calmoso como decía Juan Zurdo. Buscaban los centavos, por eso se lo llevaron amarrado en el caballo, estabámos en la huerta de Don Chucho Ugalde en el jolgorio, dándole al querreque en un tablado que había mandado hacer Don Pepe. Llegaron metiéndose con todo y todo, ya le habían pedido el dinero, pero Don Pancho dijo que a él se le respetaba. Con mayor cuenta se lo llevaron. Ya no te acuerdas Viejo, ya son pedazos, te acomodas en la silla, levantas una nalga y luego la otra. La niña se acerca y deja un envoltorio de tortillas, tomas una y la haces migajas juntándolas en un recodo de la mesa.
–Va a llover.
No sé pa´qué se hacía todo eso, pero ai andábamos metidos entre la balacera recogiendo casquillos de los máuser para presumirlos con los amigos, mirando a los soldados dar vueltas y vueltas al jardín con sus caras chamuscadas y polvorosas. Nunca supe si fueron los cristeros o los del ejercito los que llegaron a la huerta. Fue un revolcadero de aguacates ya estaban en las cajas empacaditos para irse a Bernal, pero bien canijos, les pasaron encima las patas de los caballos.
–Ya´stá lloviendo.
El Viejo mueve la cabeza, asiente, niega, alza los hombros, atas lo que dijeron… dijeron, cómo era, acuérdate, si sí se lo llevaron. Fue un alboroto: a los hombres lueguito los encañonaron, las viejas gritaban y les rogaban conmiseración pero no, queremos los centavos dijeron y se lo llevaron. Y Doña Rebequita que ya estaba por aliviarse nomás decía –Ora sí ya mataron a mi Pancho–. Pero tenían sus centavitos, los tenían guardados en un pozo en el mero fondo, suavecito me bajaron, yo no quería bajar porque era un pozo chupado, reseco. Ahí es donde anidan los diablos –me había dicho el Felipe, es donde nace el desasosiego que se nos unta, por eso no quería bajar–. Por eso Doña Rebeca me dio un coscorrón: –Cómo no vas a querer muchacho pendejo, si es Don Pancho, es la vida de Don Pancho–. Era un envoltoriode trapos mugrosos, pesado, nomás se los entregué y luego se dejó ir al Calvario, sola, no quiso que nadie le hiciera camino. También me dejé ir al cerro, pero por el camino que va a San Pablo, sí por las cuevas de los generales, nomás que no pude llegar porque me abreviaron en el camino, mi tía Cata me salió al paso y me devolvió. El Viejo da una cabezada. Qué se habrá hecho Cata, y da un trago, qué agusto, la garganta suavecito, de dónde serían esos centavtos, ¡canijos! Te vas , los diablos de Felipe, te sumes, se te escurre el sueñito, te sueltas.
–Da sueño el tequilita ¿verdad?
Pérate, cómo estuvo, me lo dijo Juan Zurdo, acuérdate; eso sí, Doña Rebeca sí llegó con los centavos, noo, pero… intentas remendar esa plática, cómo se te va a olvidar… mañana ya te acuerdas, al ratito, el viejo dormita, cabecea, al ratito, más tarde.
Gabriel Feregrino
Publicado en la Revista Ostraco, año 1, número 2, verano 1996.
Es mi favorito Gabriel, recuerdo esa primer lectura que hicimos de este cuento…