Segunda ocurrencia del escritor afásico
Si hay algo que me interesa es mirar la nota roja, degustarla, ver el detalle de una cabeza aplastada por las llantas de un camionero que se dio a la fuga y la abuela despatarrada a mitad del eje central, y después imaginar si la abuela iba por los nietos a la escuela, o al mercado a comprar medio kilo de jitomate para hacer una sopa de letras, y si alguien la esperaba, y si quien o quienes la esperaban la imaginarían retrasada por culpa de doña mari, la de la pollería, entreteniéndola con sus problemas de la diabetes. Y luego si el nieto estaba esperando y esperando y esperando, angustiado, con los mocos escurridos y la maestra consolándole –ya casi llega tu abuelita, tranquilo, todo está bien—. Y si la abuela había quedado embarrada de chicle de menta escupido por algún puberto de secundaria mientras maldecía el estúpido examen sorpresa.
se me ocurre otra, la historia del amante que se suicida en un cuarto de hotel después de ahorcar a su pareja, “no merezco nada pero me llevo a mi Victoria” y firmado por él, los empleados jamás notaron nada raro, es más hasta les pareció simpático o algo así.
Y es que déjame decirte que no se trata de ser uno de esos escritores que no escriben nada que solo tienen las historias en la cabeza, porque lo que sí sé es que mira no debería parecer un simple nota del periódico, sino algo más, no debía parece un texto hecho por un redactor sino una oda a la nota roja,
El escritor afásico mueve la cabeza, calla, se pone serio, el lector igual.
Asi me imaginaba robándome historias, pero cada lector hace la suya, por eso prefiero no contarla porque cada quien se cuenta una, ahí entre las líneas , en esos altos en esos respiros cuando se saca la cabeza de entre el periódico o del monitor,
y una vez más viene el para qué, el qué sentido
y te digo, además seguramente no sabría cómo terminarla.
Gabriel Feregrino