Quema de Libros

[…]Y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego[…]

Cap. VI de la primera parte del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha

A que negarlo, todos tenemos un índice de libros prohibidos, como el publicado por el Santo Oficio allá por 1559, que todavía fue difundido en el año 1948, aunque ya en 1966 se canceló e incluso se retiró la pena de excomunión a quien hubiera leído tales títulos; cada que visito una librería y observo como cada comprador y tal vez lector, hojea y ojea entre tantas pilas de libros y veo que alguno de ellos está incluido en mi lista negra, no puedo dejar de pensar en aquel capítulo del Quijote donde el barbero y el cura hacen un escrutinio de la blblioteca de aquél para decidir cuál se quema y cuál se salva, aunque finalmente no servirá de nada pues al final la ama termina quemando todos los libros.

Tal parece que la historia del libro es también la de su destrucción, un recuento rápido: la devastación de la biblioteca de Alejandría, las hogueras de libros del emperador chino Shi Huandi en el año 213 a.C., la quema de manuscritos griegos en Constantinopla en 1453, la destrucción de los códices prehispánicos en el siglo XVI y XVII, el incendio de la biblioteca de El Escorial en 1671, la destrucción de libros en la guerra civil española, las quemas durante las dictaduras chilena y argentina, o Sarajevo, el bibliocausto nazi de 1933, qué decir de la quema de libros de Harry Potter en Nuevo México, o el bibliocausto de la reciente guerra de Irak, donde se calculan un millón de libros destruidos y dos millones de documentos del periodo otomano y republicano.

En todas las épocas, en todas las sociedades ha existido una especie de índice de los libros prohibidos o peor aún la intolerancia hacia ellos; el poder de eliminar una cultura para imponer otra, y qué mejor forma de dominar que aniquilar su cultura, su conocimiento y sus creencias destruyendo libros y bibliotecas. Probablememente todos llevemos un pequeño un biblioclasta, un bibliocida en potencia, quién no ha realizado una quema de libros por lo menos de manera metafórica, sentarse frente al librero y comenzar a sacar títulos como esa enciclopedia que después de tres décadas comienza a perder cierta, sólo cierta vigencia; algún título obsequio de quién sabe quién, que nunca leímos y jamas leeremos; la obra de administración de empresas o de patología clínica que terminó por convencernos que no era nuestra vocación; los horóscopos de 1983 que por más que prometían riquezas y amor nunca llegaron; aquel otro libro porque venía acompañado de cierto halo de bestseller o porque no venía acompañado de él; esa antología poética que la verdad siempre nos pareció demasiado cursi; ese manual de wordstar 3 que ya sólo puede avergonzarnos; o esa novela sólo inteligible para el autor… una quema de libros no está mal de vez en siempre, una para contribuir a las librerías de viejo, otra para engrosar alguna biblioteca enemiga con vocación filológica y ¿por qué no? para que vayan a dar a alguna trituradora para fabricar pasta de papel.

Gabriel Feregrino

Publicado en el boletín 11 en la sección Cuarta de forros, en junio 2004 enhttp://www.alfaomega.com.mx/